Bailar con los diablos

CLARISA RUIZ y Nathalie Léger-Cresson

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Traducción de Irene Vasco y Clarisa Ruiz

Ilustración de Pedro Ruíz

 

Bailar con los diablos

A tres mil setecientos metros de altura, en un apartamento del último piso de un edificio de cemento, todo se parecía mucho a mi casa, la diferencia era el soroche. Sin el mismo oxígeno, es posible tener mareos y alucinaciones. Así me sentía allá arriba, como desdoblado. Para ser más preciso, estaba en la cocina. Mi mamá, de espaldas, frente a sus ollas de donde salían vapores y humos como para chuparse los dedos, hacía malabares con bolas de masa. No le veía la cara:

—¡Buenos días, mamá, huele delicioso!

Me acerqué para darle un beso, ella se volteó. ¡Uy, qué susto! ¡Su cara era de un metal brillante y sus ojos se veían desorbitados! Bueno, rápidamente comprendí: tenía una máscara de carnaval, la máscara del Ángel. La cocina estaba llena de niños golosos, vecinos y primos llegados desde el otro extremo del país. Era el carnaval de Oruro y toda Bolivia estaba en la ciudad. ¡Bum! ¡Bum! Los tambores de la fanfarría hacían vibrar los vidrios.

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Mi mamá me dio un canasto de salteñas para que las vendiera y una salteña de más para que desayunara. Salí del apartamento dando mordiscos a la carne y a su deliciosa salsa picante que goteaba… y que manchaba toda la escalera. Bajé a toda velocidad por el río de salsa y en el cuarto piso frené bruscamente. Kusi-Kusi me esperaba frente a su puerta, con su papá.

Kusi-Kusi significa Araña de la Suerte en aymara, la lengua de estas tierras. Kusi-Kusi era mi vecina, mi amiga, mucho más bonita que una araña. Demetrio, su padre, frunció el ceño:

—De acuerdo, Antonio, ella puede ir contigo, ¡pero se portan bien y regresan temprano!

Su voz era un silbido metálico porque las minas de azufre y cobre le habían deteriorado los pulmones.

Afuera, la Avenida Bolívar bullía de música y colores. Miles de bailarines disfrazados desfilaban. ¡El asfalto temblaba bajo nuestros pies! En las graderías, una multitud aplaudía. Una fina lluvia fría caía pero no molestaba a nadie, ni a los de la esta, ni a Kusi-Kusi, ni a mí, pues nos habíamos envuelto en bolsas de basura.Yo protegía bien mi tesoro: cincuenta y cinco salteñas, a dos bolivianos cada una, significaban mucho dinero, y mi mamá lo necesitaba.

—¡Ven, Antonio, vamos a bailar la diablada de los carniceros!

Claro que no, yo no podía bailar con mi canasto. Pero, sin darme tiempo de decir nada, Kusi-Kusi se lanzó en medio de los cóndores, los osos, los ángeles, los diablos... Yo la seguí para no perderla entre los bailarines que me empujaban, me estrujaban, me chocaban. “¡Kusiii!” Ella era realmente muy bonita, sí, sí, pero enervante.

—No hagas esa cara, Antonio. Hay que bailar para vender mucho.

Y comenzó a bailar gritando: “¡Salteñas, deliciosas salteñas!” De inmediato centenas, miles de diablos aparecieron a mi alrededor,inmensos, hambrientos, sudorosos, abriendo mi canasto. Me impedían respirar. Yo me retorcía y me defendía. Nada que hacer… ¡Esas máscaras estaban vivas! Las serpientes con cuernos se movían, las pelucas naranjas y rizadas me ahogaban.

Una criatura infernal me envolvió en su capa y escuché tintinear las monedas de plata amarradas a su gorda barriga. Los diablos sacaban sus lenguas hasta la cintura, se burlaban de mí, luego se arrancaban las cabezas, muertos de la risa… Reconocí a algunos carniceros del mercado: su confraternidad era la mejor organizada para los disfraces, la música, la comida… ¡¡la comida!!

—¡Kusi, no queda ni una sola salteña en el canasto y no tengo ni un centavo! ¡Mi mamá se levantó tan temprano esta mañana para cocinarlas…!

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—No te preocupes, Antonio, ya nos pagaron todo. ¡Hasta me dieron propinas!

Frente a mi nariz, sacudía las monedas en una bolsa de lana, riendo. Sentí ganas de abrazarla.

El cielo se aclaró, el sol calentaba rápido y nosotros seguíamos con nuestras bolsas de basura-impermeables. Habría preferido volver a la casa para entregarle el dinero a mi mamá y regresar a divertirme tranquilamente. Pero Kusi-Kusi era terrible, quería bailar en seguida para agradecerle a la Virgen de la Mina. ¿Cómo resistirse? Caí en la tentación. Y en verdad, le debíamos todo, había que bailar para ella, para la Virgen María, madre de Jesús, la que vive en la catedral construida sobre la mina, la Pachamama que habita en las montañas. Es la madre, la que nutre, protege y a veces también castiga. Me metí entonces con Kusi-Kusi a la diablada de los carniceros.

Lo malo es que cuando uno comienza, no puede detenerse, no puede parar de bailar. Uno brinca, brinca, y el alegre desfiie, ensordecedor, le gobierna a uno las piernas por kilómetros a través de la ciudad. Los pies duelen, el sol calienta, uno se ahoga por la altura, pero sigue y sigue.

Los carniceros nos invitaron a comer en la calle, cerca de las enormes marmitas de sopa preparada por las mamitas, tan redondas como papas, envueltas en treinta y seis faldas, como cebollas. Sus gigantes cucharas llenaban mil platos. Sus marmitas siempre estaban llenas, parecían sin fondo, conectadas a las galerías subterráneas de la montaña, alimentadas directamente por la Pachamama. Yo me preguntaba si ella…

—¡Rápido, Antonio, ya comimos bastante, vamos a bailar!

Yo bailaba, mis pies agradecían el estar vivos, golpeaban el asfalto por la Pachamama. “¡Bailo para ti, Pachamama, en tu traje adornado con todos los animales que se mueven, con todas las plantas que crecen! ¡Bailo para ti, que das la leche a las madres, los frutos a los árboles y los perfumes a las flores! ¡Pachamama, bailo para ti, que ofreces los colores a los grillos, a las mariposas y a las ranas! ¡Bailo para ti, Pachamama! ¡Para ti, que calientas a las vicuñas cuando lloran de frío en el Altiplano, Pachamama, bailo! ¡Para ti, que alegras a los humanos, a los sapos y a los armadillos! ¡Pachamama, bailo para ti, que calmas los volcanes y las lluvias, fuertes como diluvios! ¡Para ti, que también puedes desencadenar los elementos contra nosotros, que haces temblar la tierra, que levantas vientos furiosos, tsunamis gigantes, sin que entendamos por qué! ¡Pero míranos, bailamos para ti, Pachamama! Huarí y todos los otros diablos viven contigo bajo la tierra, y nosotros, los de arriba, bailamos para ti, Pachamama! Tú ordenas a los diablos que nos ayuden o que nos pongan zancadillas, y ellos obedecen. Protégenos,

Pachamama, yo bailo para ti…”

—Antonio, ven, es hora de regresar.

Pero yo no podía controlar mis piernas. ¡Ellas sólo escuchaban la fanfarria y el agradecimiento de mi corazón y querían seguir bailando más, siempre!

Finalmente Kusi-Kusi me tomó del brazo.

—Oscureció, Antonio, mis papás van a preocuparse.

Levanté los ojos, el cielo estaba oscuro, surcado por franjas púrpuras. Imaginé la cara de don Demetrio enfurecido.

Corrimos a toda velocidad por calles oscuras y sin pavimento. ¡¿El canasto?! No supe dónde lo había dejado, qué lástima. De charco en charco, nos fuimos cubriendo de barro. La música sonaba cada vez más lejana. Perros amarillos y sarnosos nos ladraban mostrándonos sus dientes…

—Por aquí —murmuró Kusi-Kusi, delante de una calle estrecha y muy oscura.

Un hombre pasaba empujando una carreta que rechinaba, llena de cabezas de vaca ensangrentadas. Seguramente las acababa de matar. Pero entonces… estábamos perdidos y no veíamos ni a dos metros. Apreté a Kusi-Kusi en mis brazos, era apenas un poco más pequeña que yo y olía bien.

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¡De repente un viento frío y violento se abalanzó sobre nosotros chiflando! Nos encerró en un torbellino, nos ahogó en el polvo, nos congeló. ¡Kusi temblaba contra mí y de un momento a otro, surgido no sé de dónde, un ladrón me arrancó de la mano la bolsa con las monedas! Huyó en un segundo y desapareció en un agujero, en una entrada abandonada de la mina.

Imposible, yo no podía regresar a la casa y enfrentar a mi madre sin el dinero.

—No tengas miedo, no tengas miedo —le dije a Kusi para tranquilizarla—. Iré a  buscarlo.

Yo me repetía: “No tengas miedo, no tengas miedo, Antonio”, mientras entraba a la mina en cuatro patas. Al cabo de un instante me habitué a la oscuridad.

Miré alrededor: no había ladrón ni bolsa. Entonces tuve que avanzar y descendí algunos escalones. Abajo, el aire era raro, caliente, mezclado con olores ácidos. La garganta me picaba, me ahogaba y además los murciélagos me rozaban.

—Antonio, aquí estoy.

—Ah, eres tú, Kusi-Kusi, menos mal.

Creí que eras un murciélago.

—¡Gracias!

Su voz me sobresaltó pero con ella al lado, es verdad, me sentía más valiente.

Allá, adelante, había algo… una luminosidad rojiza. Avanzamos un poco más y entonces, en el fondo de la galería, ¡lo vimos! ¡Era el Huari, el Tío, el Supay, el Diablo de la Mina!

Estaba sentado frente a nosotros, rojo y brillante. Era una estatua del tamaño de un hombre, increíblemente vivaz, con dos ojos llameantes. Ese diablo tenía cuernos, gruesas manos rojas, vestidos rojos bordados en oro y una sonrisa, una sonrisa demoníaca. No decía nada, no se movía pero se oían sus gemidos débiles, como una respiración dolorosa. Frente a él, a sus pies, había cigarrillos y una botella de alcohol: las ofrendas de los mineros para que los dejara tranquilos, para que evitara los accidentes y los sostuviera en ese trabajo tan duro. Pero no estaba la bolsa del dinero y los gemidos continuaban.

—Antonio…

Pobre Kusi-Kusi, su voz se ahogaba.

—Antonio, ¿nos vamos?

Fue cuando, cerca de la horrible estatua, en la sombra, se levantó una forma: un jaguar brillante, dorado, con una constelación de anillos negros y una lengua de fuego para cazar en la noche. Pasó detrás del diablo, desapareció… y entendí que me indicaba que lo siguiera. Por un lado, me sentía seguro: la fiera seguramente quería ayudarme a recuperar mi bolsa. Pero acercarme al diablo y a sus gemidos estaba más allá de mis fuerzas…

Kusi-Kusi buscó en sus bolsillos. Encontró unos chicles que me entregó susurrando:

            —Para el Tío, esto le gustará. 

De acuerdo, entendí. Con cuidado, sin mirarlo, con las rodillas temblando como castañuelas, avancé hasta los pies del diablo. Puse nuestro regalo cerca de las ofrendas de los mineros. Me pareció ver que su sonrisa se suavizaba. En todo caso logré pasar detrás de él. Y allá vi al ladrón, echado en tierra cuan largo era, grande, con una barba espesa. Era él quien gemía, su cabeza sangraba. Tenía la bolsa del dinero contra su pecho y me susurró:

—Toma tu bolsa, muchacho, perdóname, estoy muy borracho. Me rompí la cabeza al caer. Me siento mal. Y yo… creo… seguro es el alcohol… una alucinación… me parece que hay un jaguar por aquí, ¿lo ves?

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—Sí, señor.

El Jaguar estaba sentado con los ojos fijos en el hombre. Su olor de cazador era terrible, sus colmillos estaban al descubierto. Se oía su resuello ronco y sus costados se hundían a cada respiración. Era aterrador pero no era él quien me asustaba.

Le arranqué la bolsa al ladrón y rápidamente agarré a Kusi-Kusi,  diciéndole: “¡Nos vamos, nos vamos!”

—¡Por favor, no me dejes aquí!

Ayúdame, muchacho, ayúdame…

La voz del borracho escondido detrás del diablo resonaba en la galería de la mina. Suplicaba, gemía… Con mis temblorosas piernas y un nudo en la garganta, habría preferido salir pero, por orden del Tío o del Jaguar y de Kusi-Kusi, que me miraban, no logré abandonar a ese hombre herido. Entonces le entregué el dinero a Kusi y regresé donde el ladrón. Frente a la estatua, la sonrisa del diablo en su rostro radiante me detuvo. ¿Malvado? ¿Amable? ¡Ay, me quemaba! ¡Las llamas salían por mi nariz, mis orejas, mi boca… como si me hubiera comido la salteña más picante del infi erno! Y desperté.

—Arde en fi ebre, doctor. Estoy preocupada, deliró toda la noche.

La voz de mi mamá, ¡uf! Había regresado de las diabladas de Oruro muy enfermo. Orgulloso de haber recuperado el dinero para mi madre aymara pero triste por haber perdido a Kusi-Kusi… Inquieto también porque el sueño me había llevado donde indígenas que vivían en una ciudad, igual que yo. De pronto tuve miedo de que mis viajes hubieran terminado.      

Mi mamá me dejó solo en la habitación para acompañar al médico. Al cabo de un momento sentí que algo se movía bajo mi cama. Un jaguar salió, lo juro, tan cierto como que me llamo Antonio y que nací en una noche de tormenta.

El animalote se deslizó hacia el exterior: cabeza, hombros vibrantes, espalda flexible, cola redondeada. Era el mismo de la mina de Oruro. En el centro de la habitación, se volteó hacia mí y sus ojos se hundieron en los míos como si tuviera un secreto que me quisiera confiar… Su mirada me hipnotizó. No lo vi partir pero sentí que su olor a fiera quedaba flotando.

No tenía duda alguna. El Jaguar era real, había venido a mi habitación y yo sabía que quería hacerme comprender algo.

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Bailar con los diablos was first published in the collection of tales La Voz del Jaguar, written by Clarisa Ruíz and Nathalie Léger-Cresson, translated by Irene Vasco and illustrated by Pedro Ruíz. The collection was first published in Spanish by Random House. 

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