Un rebaño de elefantes

 

Margarita Valencia

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La red de seguridad

Frente a mí, papeles doblados durante tanto tiempo que ya olvidaron que podían desplegarse; invitaciones, cartas, esquelas, recortes de periódico, declaraciones de amor, sobres huérfanos como los zapatos de los muertos en las fotografías de los accidentes, sobres impostores, sobres con direcciones que ya no conducen a ninguna parte: mi familia. ¿Qué los conmovía? ¿Qué los define? Son solemnes y trabajadores; todos temen al ridículo, pero solo algunos, muy pocos, le temen a Dios; algunos son orgullosamente de provincia, de tierra caliente, y tienen fe en el progreso, en su capacidad de generarlo. Son altos, sólidos, de caras amplias y narices prominentes, y piel más bien morena. Algunos de ellos, al menos. Aunque los hay rubios, y de piel muy blanca. Y los hay bajitos. Y los hay flacos. Y los hay tontos. Mi familia, alcanzo a pensar mientras recojo el reguero de papeles, es como las barbas que cuelgan de los árboles de tierra fría: parecen una sola cosa pero en realidad son muchas, y parecen estar muy enredadas, pero basta con jalar una punta y se desprende sin oponer resistencia.

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Mi familia es de otra parte, de una región que las nuevas generaciones conocen por los libros pero que no significa nada para ellos. Para nosotros era otro mundo, extraño y a la vez curiosamente íntimo. Vivíamos aquí, en esta ciudad fría, montañosa y poco amable, y aquí habíamos nacido, pero no éramos de aquí: cuando llegaban las vacaciones nos deportaban hacia allá, pero allá estábamos siempre un poco de visita, y no siempre nos comportábamos de la manera adecuada. Sin embargo, éramos de allá. Y lo sabíamos porque durante casi toda nuestra infancia y gran parte de nuestra adolescencia, cualquiera de nosotros hubiera podido entrar a una casa, a una oficina o a un comercio e identificarse con el nombre de la familia para generar un guiño de reconocimiento. No necesariamente de afecto, pero sí de reconocimiento. Pase, dirían. Ese reconocimiento no tiene nada que ver con la alcurnia o con la posición social, y ni siquiera tiene relación alguna con el afecto. Tiene que ver con lo humano en su expresión más elemental, con la necesidad de saberse parte de una comunidad que cuidaría de uno si está enfermo, o le daría de comer si tiene hambre. Es una fantasía, por supuesto, pero una que funciona como una red de seguridad. No se puede huir si no se sabe de qué.

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"Rompa la carta y tenga mucha paciencia", instruye Julia (las dos abuelas son Julias) a su hija desde Pamplona el 31 de mayo de 1916, y en septiembre, en otra posdata, añade "ahora le voy a escribir a Emilia pero dígale que la rompa inmediatamente". También ella repite la instrucción a Zeta, como parte de una retahíla de recomendaciones. En su escaparate verde hay unos cuantos vestidos de veraneo, escoja los que le parezca y tráigase los cortes últimos que nos mandó Felisa y el corte blanco de ojalillo. [...] Aprenda a desconfiar de la humanidad y rompa esta carta cuando la lea. Zapatos usan de todas clases. Tráigase los blancos con carmelito, los usan mucho.

Leo y releo las cartas y no logro imaginar qué dicen que deba ser olvidado, que no deba saber yo cincuenta años después, o noventa. Pero entiendo por fin una escena de mi temprana adolescencia. Es junio y acaban de empezar las vacaciones, así que nos vamos, como todos los años, a Cúcuta. Pero esta vez mi mamá viene conmigo: tiene asuntos qué resolver en Cúcuta tras la muerte de su madre. Unos días después de llegar la encuentro sentada en la cama grande, rodeada por todas partes de papeles que trata de leer: no puede; está llorando. Actúa sin embargo como si realmente leyera, y después de leer, los rompe, con una urgencia que no entiendo. Hay algo absurdo en lo que hace, en el dolor con el que destruye estas hojas con las que parece más bien que quisiera arroparse. Algunos papeles se salvaron, y ahora son mi tesoro. Todos los secretos han salido a la luz y circulan entre los primos como anécdotas divertidas, a veces con nombres equivocados, completamente despojados del peso de la vergüenza. Pero la lección aprendida perdura, desprendida de sus motivos originales: la verdad es un arma mortal, y no hay que dejar nada por escrito.

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Un invitado indeseado

 Su madre ya había pasado mucho de los cuarenta cuando ella nació y su llegada provocó una cierta irritación permanente en la familia: como si se hubieran visto obligados a hacerle campo en la mesa a un invitado indeseado. Los mayorazgos ya estaban ocupados, por supuesto: un niño y una niña —aunque él estaba a punto de abdicar, para horror de su familia, y ella lo ejercía un poco a regañadientes. El puesto del príncipe también tenía dos herederos; no conozco los detalles, pero uno de ellos se vería relegado a ocupar el puesto del hombre serio, versión trastocada de su hermano encantador. Y el puesto del menor ya tenía dueño: el mimado, el más guapo. Cada uno tenía su círculo íntimo de primos, su progenitor favorito, su habilidad reconocida. ¿Qué venía ella a hacer aquí? 

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Una madre muy añeja, un padre mayor y ya completamente desentendido de la crianza (de la supervisión de la crianza, en realidad), hermanos casi adultos: Zeta nació en un punto muerto entre un mundo que se acababa (el de sus padres) y un mundo que ya había arrancado sin ella (el de sus hermanos) y allí se quedó esperando que alguien le dijera qué debía hacer.

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Si este fuese un cuento de hadas futurista, los malvados padres se habrían propuesto fabricar a la niña menor para cuidar a la madre vieja y enferma: la única otra mujer, la mayor, era obediente pero no dócil, y sus padres sentían que preparaba su huida desde pequeña, con una media sonrisa que quería ser obsecuente pero que a cada rato se deslizaba hacia la burla. Habían aplastado su espíritu pero no habían logrado dominarla.

Pero este no es un cuento de hadas futurista, ni los padres son malvados padres; en realidad los padres nunca son malvados, ni los hijos, ni las madrastras. Más bien les pasan cosas. Y a ellos les pasó que ella quedó embarazada a pesar de ser una mujer mayor. Y les nació una niña, a quien le endilgaron el nombre de la madre. Para que no quedara duda, diría el cuento de hadas futurista. 

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No es en realidad un punto muerto: los nacimientos suelen provocar temporadas de quietud, una disminución en el ritmo de la vida; un recién nacido impone cierto silencio, exige la contemplación serena. Pero las exigencias del mundo exterior no cesaron cuando Zeta nació, claro indicio de que el mundo empezaba a cambiar, a desperezarse, a sacudirse. Muy pronto ya no habría esperas, ni pausas. Se abría una grieta que en unos pocos años sería un abismo. La vida de Zeta está marcada desde el inicio por el desmoronamiento y la separación.

El padre combate furiosamente en el frente, y aunque pierde terreno, no se rinde todavía: intuye que le quedan pocos años y debe emplearse a fondo, aunque ello signifique abandonar la tierra que ama. La madre lucha infructuosamente contra el desarraigo que le impone su marido. Encuentra una casa en la capital, una afirmación de la necesidad de asentarse que exige la crianza, pero esta acaba siendo más hotel que hogar.

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Alrededor de Zeta todo se mueve constantemente, y ella circula por los intersticios, logrando asirse apenas a la nostalgia. La madre le habla mucho, mientras la peina, y le habla sobre todo del sufrimiento; Zeta asiente y aprende sin entender. El padre le habla muy poco; su tránsito por la vida política y su hijo mayor lo han desengañado del poder de las palabras.

Ella, que es una niña inquieta y nada tonta, va recogiendo pedacitos de aquí y de allá, y juega con ellos. Se inventa entonces una familia, su ciudad amurallada, su fortaleza: con historias apenas susurradas, con ejemplos tomados un poco al azar de las confusas conversaciones de los adultos, de los periódicos, de las palabras de sus maestras, de sus lecturas escolares. Con una aplicación que nadie en su familia admitiría que tiene, fabrica un temible ejército de barro, figuras frágiles y contrahechas desde donde yo las miro, pero que para ella son intimidantes, feroces, y que la juzgan y la castigan sin piedad (ella considerar que así la protegen). Se aburre a veces y se escapa, hace cosas que no debe (que imagina que no debe), se ríe, se porta mal, pero pronto regresa contrita, maltrecha.

Trae ofrendas: una hojita, una canasta llena de frutas mordisqueadas, su primogénita, una vida entera como una lucha: todo el amor sacrificado por estos lares crueles y mezquinos que la tienen por fin vencida y acabada a sus pies y tampoco eso les basta.

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Demostraciones de bordado

Me resulta muy difícil imaginar a mis abuelos enamorados. No a mis padres: me sucedía con mucha frecuencia llegar a mi casa a almorzar sin haber avisado previamente, y encontrármelos sentados a la mesa de juego, haciendo un solitario a cuatro manos y discutiendo cosas de la oficina o de los hijos. Daba vergüenza irrumpir en esa intimidad en la que todos sobrábamos. Siempre caminaron tomados de la mano, como adolescentes.

Pero cuando conocí a mis abuelos, ya no quedaban rastros visibles de amor. Se amaron, sin embargo (y quizás aun se amaban cuando yo los conocí). Papá se enloqueció con mamá. La vio al pasar frente a una tienda, no recuerdo si la de Tito Abbo, una de esas tiendas de Cúcuta a las que traían de todo. Ella trabajaba haciendo demostraciones de bordado con la máquina Singer y enseñaba los rudimentos del manejo de la máquina a las posibles compradoras. Él ya había organizado su oficina de abogado con Miguel, y además era concejal, y secretario de la Cámara de Comercio. A Julia, la otra Julia, no le gustó el romance.

Se encontraban al borde del río, por la noche. La luna nos dejó esperándola, y a no ser por lo feliz que estuve, habría prometido no volver a pasar por semejante camino tan obscuro. O él pasaba a verla en su escritorio durante el día —ya ella había dejado de hacer demostraciones para la Singer y ahora trabaja en la gobernación como escribiente: El suscrito certifica que su buen trato y la corrección de sus modales la hicieron siempre acreedora al aprecio y al respeto de los encargados del gobierno.

Él la busca en el trabajo, y sin darse cuenta da pábulo a los chismosos:

Cómo hace de falta usted allá. El pupitre aguarda y la máquina de escribir sí que es cierto que está quejosa. ¿Cuándo volverá la ingrata? ¿Cuándo podré verla de nuevo, aun cuando sea de paso, allá en su escritorio?

Se hablaban por teléfono (él le pide permiso para llamarla todos los días a las tres de la tarde) y se enviaban cartas, a veces escritas a mano, a veces a máquina. Figúrese usted lo trabajoso que es escribir una cartica muy dulcecita y muy amorosa con unos tipos férreos hechos en Alemania y una tinta tan repelente como esta. Se necesita tener un amor inmenso como el mío para que se deje traslucir a través de cualquier cosa. Ella, hija de su madre, lo instruye para que él rompa sus cartas (él le asegura, burlón: Romperé tu carta a no dudarlo, pero cuando termine de leerla), y sin embargo conserva las de él (las conservó hasta su muerte).

En las cartas que se salvaron, casi todas de él, se ve —a veces se adivina— la insistencia del cortejo por parte de él y la indiferencia atenta de ella. La literatura nos ha enseñado a interpretar esa indiferencia como una señal encubierta de amor, y quizás él mismo quería entenderla así: Como todas las bellas, tienes la nostalgia de una pasión, de algo perdido. Pero su incertidumbre inicial, argumento juguetón del amor —¿Será cierto que me vas a olvidar? Créelo, eso sí que no te perdonaría Dios semejante pecado—,  se convierte en celos reales ante el padecimiento de la lentitud de sus avances: Colocaste allá en el Olimpo de tus aspiraciones a un ser irreal, que cuando me comparas con él salgo perdiendo.

El camino se despeja y unos meses después ella parece menos reticente. Por fin él puede hablar del amor de los dos, y se congratula por la armonía tan grande que han vivido en los últimos tiempos, tanto más extraña porque lo usual es que ella le discuta, le pelee, lo rete. No obstante, a mediados de 1918 ya él le ha propuesto que se casen: Cuándo se viene? No podemos vivir así divorciados, y el mejor medio de terminar estas ausencias es viniéndose, mientras arreglamos lo que el otro día hablamos: ¿se acuerda de mi propuesta sobre organización?

Ella viaja a fines del año, y él le escribe, profundamente enamorado, y profundamente triste: Tú me hiciste sentir, vivir, amar la vida y el amor. A tu lado pasé horas de intensa emoción y de delirante amor. Yo, en cambio no supe encender en ti el fuego de la pasión.

A pesar de las quejas, en 1920 el matrimonio ya se ha decidido y las cartas vienen cargadas de vida cotidiana: el 22 de agosto él le informa que le entregaron la casa. El lunes comienzo a pasar corotos y a hacer armar los que tengo entre los sacos. Solo quedan unas pocas, pero debieron ser muchas las cartas porque ella estaba en Maracaibo, en casa de su hermana (¿es muy angosta tu cama?), y los últimos preparativos de la boda se organizan por este medio: ¿Cómo te llegó el vestido de novia?

De esta época es la única carta de ella que se conserva: le cuenta naderías, le habla de la compra de los muebles (Marujita me dice que dan seis sillas y dos mecedoras como tú quieres por $48 fuertes), le pide noticias. Pero encabeza la carta con un poderoso Es imposible ya vivir sin ti. No resisto más tu ausencia. Y al final, habiendo despachado todos los asuntos prácticos, arremete de nuevo: Quisiera escribirte más largo, pero ya el vapor está pitando y es tarde. Recibe los besos más ardientes y un piquito eterno de tu mujer.

Él responde de inmediato:

Todo está listo. Solo me falta tomar el tren y serás mía.

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Ambos eran vecinos de la diócesis de Nueva Pamplona pero se casaron en la iglesia parroquial del Sagrario, catedral de la ciudad de Maracaibo, el 16 de septiembre de 1920. La ceremonia civil fue en la calle de las Ciencias, jurisdicción del municipio Bolívar, en la casa de los Jácome.

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Mis abuelos no se casaron en Cúcuta: él no pisaba la iglesia casi desde la infancia y tenía una pelea personal con el cura. Pero había otra razón, que solo se menciona una vez y de pasada: Le escribí a mamá participándole, creo que eso se compone día a día. Las tías de aquí ya te estiman y han variado mucho del mal concepto en que gentes pérfidas te habían colocado.

Las cosas no se compusieron nunca. Cuando los recién casados fueron a visitar al general, este no los recibió. Tampoco Julia.

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La Singer

Zeta conserva, como una reliquia, la máquina de coser de su mamá, aunque nunca aprendió a usarla. Es una máquina Singer de pedal que la abuela enhebraba con increíble habilidad a pesar de ser un proceso complicadísimo que involucra cinco o seis pasos, dos carretes, y una aguja, y que ella repetía cuantas veces fuera necesario —durante la costura se hablaba mucho y sin resentimiento sobre la mala calidad de los hilos, excepto los alemanes, tan difíciles de conseguir. Echaba a andar la aguja impulsándola con la rueda pequeña, y después empezaba a pedalear ayudándose con la rueda grande. Cuando ya parecía que iba a llegar a la luna pedaleando, aterrizaba suavemente, esta vez para voltear un poco la tela y volver a arrancar. No sé qué cosía, pero la recuerdo encorvada sobre la máquina de coser en el corredor del segundo piso, el lugar más amplio y más fresco de la casa, y también el más iluminado.

También la recuerdo allí muy temprano por la mañana, fumando en la mecedora y con una taza de café cerrero en milagroso equilibrio sobre el brazo de la silla. La taza se alimentaba de un termo que Gertrudis le subía al amanecer.

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Mamá trabajaba. En esa época las mujeres no trabajaban, pero la suya no era una familia rica, así que ella trabajaba: enseñaba a otras mujeres a usar las máquinas. Después trabajó para la Gobernación. Tuvo un novio que la adoraba. No sé por qué no se casó con él. Papá se enamoró locamente de ella y la cortejó con mucho ahínco, a pesar de que su familia no la aprobaba. Por fin ella aceptó casarse con él y mi abuela y mis tías nunca dejaron de darle guerra, pero ella no se dejaba.

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Duraznos

Zeta buscaba ocupaciones: exploraba el mundo entre los cajones de su madre, entre los cajones de su padre, entre los cajones de sus hermanos, llenos de tesoros. Mamá guardaba cartas que ella no sabía leer. Papá guardaba chocolates que mordisqueaba por las noches, semillas, recortes de periódico. El príncipe guardaba gemelos para sus camisas.

Alguien la vio alguna vez explorando el mundo en los cajones y la reprendió severamente (Quizás la tía Graciela, que era la única que la regañaba). Eso está mal, le dijo (pero no con esas palabras: tenía el don de las mujeres de su familia de decir las cosas de la manera más devastadora posible), y le pareció que el ladrido bastaba a guisa de explicación. Zeta no entendió por qué estaba mal, pero sí que no debía hacerlo o que debía hacerlo a las escondidas.

Zeta empezó entonces a explorar las superficies: encontró en la mesa del comedor una canasta llena de duraznos. Mordió uno, Le gustó. Mordió otro. Le gustó también. Mordió otro... Todos los duraznos de la canasta estaban muy sabrosos.

A la hora del almuerzo, el niño quiso comer un durazno y vio que estaba mordido; tomó otro, y vio que también estaba mordido. No le gustaba compartir. Se puso a llorar. Se buscó inmediatamente a un culpable: Zeta confesó, muerta de miedo. ¿Cómo se le había ocurrido hacer una cosa así? Zeta no supo qué responder, como es natural. ¿Era mala? ¡Mal criada!, explicó el hermano serio. La explicación dejó a todos muy aliviados.

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No sé mucho más de su infancia. Sé que tenía una prima que le sacaba la lengua y que se sumaba al coro de los que la acusaban de ser una niña malcriada. Sé que acompañaba a su papá a comprar carne los sábados, y que acompañaba a su mamá al médico. Sé que acompañaba a Catalina cuando cosía, a Catalina y a su mamá, aunque nadie nunca le enseño a coser. Sé que a los catorce años ya tenía la estatura que tuvo toda su vida adulta. Sé que a veces los más grandes la dejaban jugar con ellos, y las más de las veces no. Sé que el primo Jorge sí y el niño no. Sé que se aburría.

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La niña malcriada

La niña de la foto mira hacia la cámara con actitud muy seria pero no puede evitar reírse con los ojos, se muere de la risa, como si supiera que apenas el fotógrafo oprima el obturador un chorro de tinta negra saltará de la cámara hacia el vestido inmaculado que ella exhibe. Catalina le ha pedido que abra los brazos hasta que la falda se vuelva una A mayúscula, aunque Catalina no lo diría así porque Catalina no sabe leer. (Es Catalina quien le da instrucciones y no el fotógrafo, de eso sí estoy segura, porque esa seriedad y esa sonrisa son para Catalina.)

Debajo de la A salen unas piernas asombrosamente largas para una niña tan pequeña (no tendrá más de cinco años), que solo se detienen ante unas medias blancas de encaje que se doblan hacia abajo a la altura de los tobillos, y unos zapatos blancos de trabilla y botón de perla, iguales a los que yo usé para mi primera comunión.

¿Se celebraba algún acontecimiento que explicara el vestido? No imagino a la abuela ofreciendo un almuerzo: no la creo capaz del entusiasmo necesario para asumir la organización de un evento social en su casa. Seguramente se trataba de un almuerzo familiar, algo que ella supiera cómo padecer: la casa de los abuelos era el centro de reunión de los jóvenes que estudiaban en la capital, a quienes el abuelo iba agregando a la familia a través de genealogías complicadísimas. (Era necesario justificar todo el afecto.)

La niña malcriada, impedida de seguir a los mayores en sus juegos en el patio por un vestido ajustado que además picaba mucho, cogió las tijeras de Catalina y lo cortó (no llegaba a los botones y sabía, habiendo visto a Catalina, que las tijeras resolverían su problema y eran fáciles de manejar).

De nuevo apareció la tía Graciela e impidió que el daño pasara a mayores: ¿Cómo se le había ocurrido hacer una cosa así? De nuevo Zeta no supo qué responder.

Esta vez intervino la madre, no para explicar, ni para enseñar, sino para defender a su hija menor de su hermana menor: después, en privado, le habló a Zeta del sufrimiento que le causaba la confrontación de Zeta con su hermana. Zeta entendió que debía hacer lo que la tía Graciela ordenara para no hacer sufrir a su pobre mamá. Pobre mamá.

Afuera, en el salón, se comentó el asunto: la niña malcriada era verdaderamente insoportable. 

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Margarita Valencia is a novelist, essayist, editor and translator. Her novel Un rebaño de elefantes, a fragment of which appears here, was first published by Pre-Textos in 2014. 

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