Raros

Mariana Jaramillo

Malo, si sí, malo si no, ni preguntes, ya no soy yo, fuera de mí es que me tienes (…). Estoy hasta la coronilla, tú no eres mi media costilla, ni la octava maravilla.

Aterciopelados, Bolero falaz

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Manuela llegó a trabajar a la biblioteca flaca, entusada, irritable y pelicorta. Ni miró a sus colegas, tal vez por la tusa, la pensadera. En la biblioteca trabajaban varios tipos, metaleros de pelo largo y grasoso--hippies bareteros, freaks del cine y del porno, medio calvos. No le interesó ninguno, hasta que llegó él. La primera vez que lo vio, no le pareció gran cosa. Hasta que oyó su voz (profunda y grave) y lo vio sonreír (dientes blancos y alineados y hasta hoyitos). Su sonrisa la dejaba muda. Pero esto solo lo supo meses después. 

No era precisamente guapo. Alto, 1.85 fácil, y gordo, casi obeso. Tenía gafas grandes, un afro descuidado que moría por tocar. Usaba siempre tenis. Apareció un día en el Facebook de Manuela. Ella ceptó la solicitud. Quería chismear si tenía novia, con quién se juntaba, qué hacía. 

Un fin de semana de desparche después de una noche de rumba pesada, Manuela vio su nombre en el chat y se lanzó a hablarle. Se aventó con toda, no le importó decirle que tenía una sonrisa divina, que quería salir con él, que la ponía nerviosa, que cuando él llegaba, ella enmudecía y se ponía como un tomate. Javier le dijo que le parecía muy churra, muy callada, que le daba mucha curiosidad conocerla más, que creía que debía oler delicioso y que sus besos debían ser una locura. Mientras chateaban, ella se reía, gritaba. Manuela le propuso ir a comer el jueves siguiente. Javier aceptó de una y acordaron salir ese día por la puerta de atrás de la biblioteca, sin dar mucha boleta para evitar habladurías. 

En el taxi se sentaron muy cerquita y ella comprobó que era suavísimo. Camino al restaurante él le explicó que sufría de insomnio, que se medicaba, y le dio una serie de razones que intentaban justificar su gordura. Ella se sintió rara oyendo explicaciones no solicitadas y decidió hablarle en vez de sus problemas ováricos y de tiroides. Él estaba muy sonriente y ella derretida delante de esa sonrisa perfecta.  Él tenía puesta una camiseta de la Guerra de las Galaxias y unos tenis verdes. Ella un vestido negro, medias de color aguamarina y zapatos altos oscuros. Pidieron varios makis, anillos de calamar, edamame y hablaron de películas, se rieron y le confirmó a Manuela que estaba solo hace tiempo. Pidieron una torta de chocolate que devoraron entre los dos.  Él le propuso que fueran a su casa, que tenía tequila. Ella aceptó, pero temió por ella misma: el tequila le aflojaba los calzones y Javier le estaba gustando más que las empanadas de pipián.

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Llegaron a la casa de Javier, un lugar de poca decoración y mucha supervivencia: apartamento de soltero. Cajas de Choco Krispis, pan, yogurt, trago y un cuarto con una cama enorme, muchos legos, libros de ciencia ficción, afiches de Blade Runner, La Naranja Mecánica, Los Ramones, Los Beatles y David Bowie, comics de colección y una videoteca que rodeaba las paredes del cuarto. Él preparó el primer tequila. Ella se lo tomó con convicción, chupó el limón. Él se quedó mirándola con esa sonrisa suya de hoyitos, ojos entrecerrados y dientes perfectos, se acercó, le tocó el pelo, le acarició el cuello. Al sentir su respiración, ella se lanzó a su boca. Fue un beso suave, lo mordió y él movió nerviosamente su lengua en la boca de ella. Cuando el beso terminó, él dijo: Fue mejor de lo que me había imaginado. Ella abrió los ojos con interrogación y él volvió a besarla con contundencia. Más seguro, le cogió el culo, le besó el cuello. Javier respiraba fuerte y entrecortado y le decía: Usted es una churra y transpira sexo. ¿No le han dicho? Ella lo volvió a besar.

Después de varias canciones, besos y una botella de tequila, estaban descalzos, sin camisa, y ella sin vestido, sin sostén y con los calzones como la laguna de Guatavita. Le bajó las medias, le besó las piernas, la lamió ahí parada, contra la pared. Después se lo metió con delicadeza, mientras la miraba a los ojos con una expresión salvaje que le causó algo entre excitación y miedo. Se movía lento, respiraba fuerte, le decía que era deliciosa, que se la había imaginado muchas veces, pero que era aún mejor de lo que había pensado. Manuela se la chupó despacio, paseó su verga durísima por su pecho, su vientre, por toda su boca. Él temblaba, se reía, ella se sentía pegada a su cuerpo a su barriga elíptica pero firme, su piel sin estrías, aterciopelada. (Notó que era peludo, de piernas firmes y nada tetón). Sobre su pecho él sudaba, ella sentía la fuerza de sus dimensiones, mientras él la tocaba con calma y la laguna se volvía río; se clavó en él, viniéndose como una cascada y se le engarrotaron los pies. Él la miraba, la besaba, la lamía, se reía.

Cuando  Manuela se levantó, él seguía ahí, a su lado, totalmente arropado. Solo se le veía la cara. Como una oruga. Lo vio dormido, sin cuerpo, ni brazos, ni barriga. De nuevo sintió esa mezcla entre excitación y miedo. Fue al baño para vestirse y encontró sobre el lavamanos cajas de medicamentos: Xanax, Losartan, Zolpidem, Dolex, Valcote, Sildenafil. Abrió los gabinetes del baño y encontró condones, alcohol, crema de afeitar, una bolsa de marihuana, otra más chiquita de perico, y en el fondo, al final del gabinete, una imagen de la Santa Muerte con una vela consumida. Aterrada, se vistió y pidió un taxi. 

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Al otro día Javier le habló en el chat. Le había cambiado el tono. Parecía triste. Manuela le dijo que todo había estado delicioso, que tenían que repetirlo, que le fascinaban sus besos, que el tequila estaba rico, que le gustaba su respiración entrecortada, su piel, su risa. Él le dijo que tenía que pensarlo, que estaba en un momento de confusión, que quería reflexionar sobre su relación con las mujeres. Ella recordó todas la cajas de drogas en el baño, el perico y la bareta, y le preguntó que si esa confusión tenía que ver con ella. Javier le dijo que en este momento de su vida quería estar tranquilo, que quería estar solo. Quedó desconcertada y le dijo que podían ser amigos. Él le dijo con énfasis: No quiero más amigas. Y después: ¿Por qué putas las mujeres siempre quieren tener amigos? A mí varias veces me han dicho que soy su mejor amigo, pero me usan para dar celos o para desquitarse. A mí no me importa eso… Las viejas son muy ridículas queriendo tener amigos, lo fundamental es lo que yo piense y sienta y no las malditas palabras. Desconcertada, Manuela le dijo buenas noches y apagó el computador. No pudo dormir esa noche y empezó a buscar los nombres de las drogas que había visto donde Javier y para qué servían. Ella sabía del Xanax, del Losartán porque lo tomaba su papá y del Zolpidem porque él le había contado que era insomne. Hasta que leer tanto sobre vademécum la mató a ella del sueño. 

Manuela no supo qué decirle en el trabajo. Al llegar a la biblioteca, Javier la trataba con indiferencia. Era notorio, hasta el jefe le preguntó que qué pasaba. Ella no supo responder y prometió hablarle, pero no lo hizo. 

Pasó un tiempo largo, Manuela seguía rumbeando sola, tomando sola, bailando sola. Un día Javier volvió a aparecer en el chat. Le preguntó que qué brasier y calzones tenía puestos. Ella le dijo que no tenía brasier, que tenía unos calzones verde menta de encaje y que estaba depilada.  Esa tarde fueron a la casa de ella. Pidieron comida. Mientras llegaba el domicilio, Javier empezó a besarla bruscamente, la mordió y le salió sangre. Le bajó el pantalón y la tocó con delicadeza con sus dedos gordos mientras le decía: Uy, está deliciosa, caliente… La quiero hacer venir, véngase. Ella estalló con un gemido. Se quitó el resto de la ropa y le quitó a él el pantalón. Él la besaba, ella lo lamía y le gemía pasito en la oreja. Acabaron en el sofácama de la sala. Javier se acostó y Manuela cabalgó feliz sobre su pubis acolchado. Él la agarraba de las caderas y le besaba las tetas.

En medio de los jadeos, timbró el domicilio, ¡Mierda!, gritaron. Ella se vistió con la camiseta al revés, con el pantalón medio abierto, y, sin zapatos, bajó a recibir la pizza. De regreso, en el ascensor vacío, se quitó la camiseta. Al entrar al apartamento se bajó el pantalón y volvió sobre él, hasta que terminaron. Se comieron la pizza empelotas; estaban hambrientos. De repente, él le pidió con premura una cobija y se envolvió todo en ella, solo se le veía la cara como un caracol en su concha. Ella intentó destaparlo porque quería verle el culo, acariciarle el pecho, la barriga, besarle las tetillas, la espalda y las manos, pero él se puso bravo. No hubo arrunche ni mimos. A duras penas hablaron. Manuela se sentía en un escenario sin ropa. Decidió preguntarle cómo iba su fase reflexiva. Él sonrió, le tocó el pelo, se quedó mirándola y le dijo: “Usted me encanta, me parece una churra y yo con las nenas que me gustan no quiero tener relaciones en tono amistoso”.

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Al día siguiente, después de haber dormido juntos sin abrazos, sin arrumacos, Javier se fue temprano. Manuela pensó que podría ser un psicópata de esos de libro, de los que salen en película gringa, gordo, freak, medio genio, aficionado a todas las drogas. 

Al cabo de dos días, Manuela recibió un mensaje al celular: “Usted es una delicia, ¿me viene a hacer visita?”. Ella le dijo que no podía, seguía con una sensación rara de remordimiento sin razón. Él insistió, le dijo que no fuera rogada. Ella se inventó un almuerzo con una amiga y se quedó en la casa viendo películas. Más tarde, él le habló por el chat: “¿Qué calzones tiene puestos? ¿Le hago falta? Quiero verla”. Ella no contestó. Luego él le dijo “¿No me va a contestar lo que le escribo?”. Ella siguió ignorándolo. Una hora después le escribió: “Odiosa”. Ella siguió sin contestar. A la hora siguiente le dio un ultimátum: “Última vez que pregunto, ¿no me va a volver a hablar?”. Ella no le volvió a contestar y al día siguiente él la eliminó de sus redes y pidió traslado a otra biblioteca. 

El traslado se demoró cinco semanas, que fueron un infierno para Manuela. Por orden del jefe, Javier debía dejarle todas las labores a su cargo y eso los obligó a trabajar juntos. Intentó que él bajara la guardia: le llevaba galletas que después encontraba en la basura. Otras veces él le hablaba como si nada hubiera pasado y le decía que tenía que quererse a sí mismo, que no pretendía hacerle daño, que necesitaba estar seguro. Por toda la angustia de no saber qué hacer, Manuela se adelgazó un par de kilos. El día antes de irse, él se le acercó, le dijo que la extrañaba y la intentó besar. Ella se asustó y lo rechazó sin querer. Nunca lo volvió a ver en la biblioteca.

Le dio duro no verlo más. Borró su número de teléfono para evitar tentaciones. Pero se lo sabía de memoria, mala cosa. Llevaba saliendo un par de meses con Miguel. No estaba enamorada. Con frecuencia pensaba en Javier, fantaseaba con tirar con él, fumarse un bareto, tomarse unos tragos y dormir desnudos. Recordaba mucho su olor, la textura de su piel, las dimensiones de su cuerpo. Hasta que un día le llegó un mensaje de Javier al Facebook diciendo: “Tomémonos un tinto, seamos amigos”. Durante varias semanas siguieron hablando por el chat, pero no coincidían para verse. Las conversaciones eran chistosas, tranquilas, con mucho coqueteo porno. Finalmente, un día quedaron en verse en un café cerca a su casa, pero él nunca llegó. Ella se fue furiosa y no lo buscó más.

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Una noche, Manuela se fue de fiesta con sus amigas. Se tomó tres valentinis, que eran en realidad como nueve ginebras. Como a las dos de la mañana llamó a Javier al celular y le dijo que iba para su casa. Él le dijo que la esperaba. Cuando ella llegó, él estaba viendo películas en sudadera y tomando whisky. Manuela lo saludó con un gran abrazo. Él se quedó quieto sin responder, ella sonrió y se lanzó a besarlo, pero él la detuvo. Sonaba Lento de Julieta Venegas. Javier se le acercó y empezó a besarla. En un momento, cuando ya empezaba a quitarse el vestido, Javier le dijo que pararan. Ella le dijo: Me tocó venir a verlo, al fin usted nunca llegó la semana pasada. Él se puso furioso, le pidió que no le hiciera reclamos. Ella entró en modo me-importa-un-culo y le dijo: Listo, Javi, fresco, ya me voy. Él le puso llave a la puerta. Ella se rio y él se puso muy serio. Su miedo aumentó. Él sirvió whisky para ambos, le pidió que se quedara esa noche con él porque la extrañaba y ella era importante para él. Ella le dijo que no podía, que estaba con Miguel, y que se tranquilizara, que solo habían sido dos tiradas. Javier se puso rojo y le dijo que ella era una reina del drama adolescente, que estaba llena de culpas, que nunca estaba tranquila con él, y que era una grosera. Ella se rio con sarcasmo y le dijo con rabia y desprecio que él era un gordo acomplejado, que tenía vergüenza de su cuerpo, que era un pajuelo solitario, un periquero, depresivo y enamoradizo. Javier se paró del sofá apretando los dientes, y con los ojos aguados y la voz firme le dijo: Manuela, váyase ya, acuérdese muy bien de lo que me dijo, y no vuelva a aparecer. Ella salió del edificio y cogió un taxi. Llegó a su casa y esa noche durmió arrunchada con Miguel.

Manuela sigue con su vida. Jamás entendió lo que había pasado con Javier. A veces llegan a su celular mensajes de texto que dicen: La extraño, Pienso en sus tetas, Quiero sus besos. Ella cree que son de él. Piensa que de pronto se encoñó, o peor, se enamoró. Tampoco sabe que le pasó a ella. Le tenía miedo, pero lo deseaba; no podía dejar de fantasear con sus caricias. Recuerda su apartamento lleno de legos, el baño con las drogas y la Santa Muerte.

De vez en cuando se encuentran en fiestas. Ella se pone muy nerviosa. Javier la evita, la mira desde lejos y, si decide acercarse, le hace cualquier reclamo primero, luego le echa un piropo medio sucio y después le pide con ternura que se vaya con él y que duerman juntos.

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Mariana Jaramillo es una escritora colombiana. Actualmente vive en Bogotá.