Los muertos no comen pusandao

Harold Steven Cortés

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Un reloj colgado de una pared de bahareque marca el mediodía. Desde la sala se escuchan golpes que parecen venir de la cocina. El aire huele a carne y hierbas. La luz del sol se cuela por los agujeros del techo de latón. La puerta suena.

—¡Mildred, abra que soy yo! 

Mildred se desplaza hacia la entrada. Tiene una contextura gruesa, labios negros y cabello gris. Viste un delantal blanco untado de sangre y de tierra.

—¡Comadre Otavila! Venga, pase, ya está casi listo.

Otavila pasa y le da a Mildred una bolsa negra. Mildred la recibe, dirigiéndose a la cocina. 

—Desde que murió mi abuela no había vuelto a cocinar esta receta —dice—. ¿La ha cocinado alguna vez, comadre? 

—No. Nunca. 

—Me imaginé, por este lado de Colombia no se cocinan estos platos.

—La comadre Omaira lo prepara…

—Ah, pero Omaira también es negra. De Buenaventura.

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En la cocina hay dos ollas. En una hierve agua con hierbas y papas; en la otra,

una gallina desplumada. Mildred le entrega un delantal y un cuchillo a su comadre.

—¿Cómo era que se llamaba? —dice Otavila.

—¿Qué cosa?

—La receta.

—Pusandao —responde Mildred, sosteniendo la bolsa negra. Está fría y huele a conchas—. ¿Hizo lo que le pedí?

—La pringué con sal de nitro y la enterré por quince días —responde Otavila.

Mildred rompe la bolsa. Adentro hay carne enrollada, amarrada con una piola. Deshace los nudos, extiende el filete sobre la tabla de picar y lo corta en pedazos. Se voltea y toma del mesón una bandeja con costillas de cerdo.

—Mi abuela cocinaba pusandao todos los domingos —dice Mildred.

—Tiene muchos ingredientes —responde Otavila, sumergiendo cinco huevos en una olla hirviendo.

Se escuchan golpes no muy lejos de la cocina. 

—¿Qué fue eso? ¿Viene alguien más?

—No.

—¿Y entonces?

—No sé. Algún gato. Sí, un gato. Se meten a la casa a cazar.

—Si es un gato, debe ser uno grande —dice Otavila, asomándose a la sala. Todo está muy quieto.

Mildred pone a pitar la carne con olor a conchas. El vapor de las ollas le nubla la cara. Suda. Todo huele a hierbas y a sangre de pollo. Otavila observa el rostro cansado de Mildred. Le dice que se esfuerza mucho, que debería descansar. Pero Mildred no necesita que se compadezcan de ella.

—Vamos a la sala, dejemos que el fuego haga su trabajo. 

La sala mide más o menos seis por seis. De las paredes cuelga un crucifijo, un cuadro de la Virgen de Guadalupe y un reloj que apunta a la una. Las mujeres se sientan en taburetes de madera. Una nube gris pasa por la ventana. Se escuchan truenos en la distancia. Otavila se cruza de piernas. Mildred suspira.

—¿Qué le han dicho de aquello? —pregunta Otavila. 

—Se refiere a…

—Sí. A eso.

El rostro de Mildred se arruga. Las comisuras de sus labios se inclinan hacia abajo. Vuelve a suspirar.

—Los militares dicen que fueron los de la guerrilla —responde Mildred.

—¿Y a usted le consta?

—Pura mierda. Fueron los paras.

Otavila abre los ojos.

—¿Puede ser?

—Yo lo sé porque lo vi, comadre. Fueron esos hijueputas.

—¿Y la van a ayudar?

—Nada —dice Mildred—. ¿Acaso no sabe que los unos y los otros son los mismos?

—¿No diga?

—No sea ingenua, comadre, páreme bolas: los mismos que protegen son los que matan.

Un silbido fuerte y largo sale de la cocina. Otavila salta. La carne está lista.

Las mujeres se dirigen a la olla pitadora. Ninguna habla. Con una cuchara de palo sacan los huevos del agua. Los pelan mientras se sirven el sancocho: costilla de cerdo, carne de ovejo, pollo, arroz, tostada de plátano. Se sientan en la sala, una frente a la otra, y comen. La nube gris se crece, acabando con la poca luz que quedaba sobre el pueblo.

—Tiene buen sabor —dice Otavila—. Aunque, a mi sazón, un poco salado. 

—En mi pueblo también hacíamos pusandao en ocasiones especiales. 

—¿Especiales?

—Sí. Por ejemplo, cuando alguien había muerto.

Otavila aguza los ojos.

—Esta noche vienen los Cantores del Pacífico —cambia de tema Otavila—. En el parque están instalando las carpas. ¿Va a venir, comadre?

—Suena bien, pero tengo cosas que hacer.

—Dicen que vienen desde Buenaventura. Que vienen a un concierto por la paz. Usted lleva veinte días sin salir de aquí. Además, le cuento que Álvaro la preguntó. Vamos al concierto y hablan. Ese hombre se muere por usted.

—Yo paso, comadre.

—Debe superar lo de su hijo, Mildred —se atreve a decir Otavila—. No puede vivir así para siempre.

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A eso de las tres de la tarde Otavila se despide de su comadre. Mildred se queda en la sala, mirando hacia las montañas. Suena el engranaje del reloj, una, dos, tres horas, y suenan golpes, tres golpes secos y fuertes. Parecen venir de la parte trasera de la casa. 

Mildred se levanta del taburete y se dirige a la cocina. Se pone un delantal limpio y lava los trastes. Recoge los restos de cuero de gallina, huesos de costilla y cáscaras de huevo. Se dirige a su cuarto cubierto de retratos rotos, colillas de cigarrillo, fotos quemadas y velas consumidas. Abre el closet y, mientras canta, saca una escopeta. «Y oiga como suena el tumbo y el mar, y como revolotean las olas del mar».

Camina hacia la parte trasera de la casa. Se acerca a una habitación, quita el candado y abre la puerta. Se detiene, observando el interior. Sentado, en el medio, hay un hombre. Tiene las manos y los pies atados con una cabuya, y un trapo viejo embutido en su boca. Su rostro está pálido y sus ojos abiertos. Viste un uniforme de campaña cubierto de sudor.

—Preparé pusandao —dice Mildred, quitándole el trapo de la boca—. ¿Sabe cuándo aprendí a cocinarlo? ¿No? Bueno, pues le cuento. Un día mi mamá entró a la casa dando gritos. Habían matado a mi papá, disque unos bandidos, unos mafiosos. Al día siguiente lo enterramos. Lloré mucho, ¿me entiende? Y mi mamá, para subirnos la moral, preparó pusandao.

Alzando la escopeta, Mildred apunta a la cara del hombre.

—Se han muerto muchos familiares desde entonces —dice—. Pero solo hasta hoy volví a preparar pusandao. Y me quedó bien rico. Eso dijo la comadre. 

El hombre permanece en silencio.

—No debió aceptarme el almuercito —dice Mildred—. ¿No sabe que en el pueblo hay gente mala?

—¡Ese hijo suyo se lo merecía, por guerrillero! —grita por fin, y escupe en los pies de Mildred.

Mildred cierra los ojos. Afuera se escucha la música del concierto por la paz.

—Me gustaría que probara el almuercito, lleva días sin comer —dice—. Pero los muertos no comen pusandao.

Saca al hombre del cuarto, arrastrándolo por el concreto. Lo lleva hasta la huerta, en el patio de atrás, donde ha cavado un hueco. Lo obliga a arrodillarse y le dispara en la nuca. Lo entierra así no más, sin desatarle la cabuya de los pies y las manos. 

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La mañana siguiente suena un golpe en la puerta principal. Un reloj colgado de una pared de bahareque marca el mediodía. Desde la sala se escuchan golpes que parecen venir de la cocina. El aire huele a hierbas.

—¡Mildred, abra que soy yo! —grita Otavila.

Esa tarde es Mildred la que pone la carne. Para el almuerzo preparan la receta de la comadre Otavila: bistec a la criolla.

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Harold Steven Cortés es Comunicador Social y periodista de la Universidad Autónoma de Occidente de Cali, Colombia. Sus artículos y crónicas se han publicado en medios como El País de Cali, el proyecto Semana Rural de la revista Semana, El Espectador, El Giro Digital y OndaUAO de la Universidad Autónoma de Occidente. Publicó de manera independiente su poemario Tierra de nadie. Ha sido galardonado condiversos premios literarios en los géneros de cuento y poesía en inglés y español en el certamen Palabras Autónomas, y fue finalista de los premios Alfonso Bonilla Argón de periodismo 2017 y 2018, además de obtener un segundo premio al mejor reportaje escrito sobre Derechos Humanos en el VIII premio internacional de periodismo Alberta Giménez en Mallorca, España. Actualmente vive en Valle, Colombia.

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El cuento “Los muertos no comen Pusandao” por Harold Steven Cortés fue el ganador del Concurso de cuento “Villanos” de la revista digital Mitos Magazín (www.mitosmag.com). El concurso fue convocado a principios del 2019 y el jurado estuvo compuesto por: Margarita Valencia, Carolina Valencia, Juliana Steiner, Laura Steiner, Diego Herrera, Victoria Baena, Vanessa Gubbins, Lady Nataly Romaña, José Manuel Lleras, Camila Vélez y James Rumsey-Merlan. Recibimos más de 1000 cuentos, no fue fácil elegir un ganador. Muchas gracias a todos los participantes.