Broders

Claudia Paredes Guinand

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Carlos maneja mientras me cuenta que Chibolín ya le averiguó con qué chamán hacer ayahuasca en Tambopata, que se va a tomar un nuevo descanso del doctorado porque ya toca ya y su celular vibra porque su celular siempre vibra porque todo el mundo siempre quiere hablar con Carlos.

Hoy Mari quiere hablar con Carlos y conmigo, y ahora Carlos gira hacia la calle del Vivaldi, el restaurante donde nos citó Mari. Ella dijo que escoja yo y yo le dije que hay este nuevo lugar de pollos buenazo, que por cierto es bien barato, pero ese último dato lo obvié porque hoy no quiero hablar de plata, ojalá no sea algo de plata. Mari dijo que no, que mejor lugar de pollos no, porque con su nueva dieta no puede comer tantas hormonas, y decidió que fuéramos al Vivaldi, donde íbamos de pequeños cuando mi papá decía que tenía que hablar seriamente con mi mamá y le daba cincuenta soles a Mari para que se encargara de nosotros dos. Dijo Mari que hace tiempo no vamos los tres juntos, yo dije que no sé si es tan buena idea el Vivaldi en este momento, Carlos dijo ay ya qué chucha oe, Mari dijo bueno Renato, si es tan importante para ti ese lugar de pollos vamos, le dije no nada que ver y aquí estamos frente al restaurante de la infancia.

Carlos estaciona de retroceso entre dos carros y me pregunto si algún día voy a aprender a manejar, de repente cuando tenga más tiempo y me paguen mejor con un buen papel en una obra de verdad, una obra que se estrene en La Plaza, una de Manuel Puig, por ejemplo, bájate dice Carlos y Mari está esperándonos en la puerta con una especie de kimono blanco que le queda un poco apretado, hola y nos da un beso a cada uno. Es la primera vez que salimos los tres solos a comer desde que mis papás dejaron de pelearse y se divorciaron.

Hay bastantes mesas libres, y Mari dice vamos a la de ese rincón. Ella se sienta de un lado, Carlos y yo del otro. Nos miramos. A ella se le aguan los ojos, y empieza a respirar de manera cada vez más sonora. Carlos se suena los dedos, ojea su teléfono.

Los miro. Mi hermana se parece a mi abuela de parte de mi papá, Carlos se parece al papá de mi mamá, y yo no me parezco a nadie. De chicos, Carlos me decía que yo era adoptado.

Mari se aclara la garganta, yo abro uno de los menús y Carlos deja el celular y declara que está cansado de sus clases de yoga. Ya no le gusta tanto el yoga, le gusta más la profesora, una alemana rubia poco tetona que no sabe si es lesbiana. Dice que no le está yendo tan bien en el doctorado, que no duerme tanto por las noches, pero que está apunto de terminar. Hace tres años está apunto de terminar, y mi hermana dice:

- ¿Saben qué? Los perdono.

Carlos me mira, la mira, levanta las cejas. Mari abre su menú. Silencio.

- Ay. Aaaayayaya ya entiendo ya. ¿Para eso nos citaste?

Mi hermano.

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- Sí, Carlos Emilio. ¿Para qué más? No todo es sobre ti y tu doctoradito y la alemana a la que te tiras, por si acaso. Menos si sabes que hace dos semanas estuve internada en un hospital.

- No me digas Emilio.

Sabía.

- No me gusta cuando me hablas con ese tonito. Ya te conozco, flaco. Solo acepta mi perdón. No te pido nada más. No te pido que cambies, ni con tu doctorado ni con tu ayahuasca ni nada. – Voltea hacia mí. – A ti tampoco, Renato, no les pido nada, nada más que me acepten ahora, que reciban mi perdón, que sepan quién soy, quién soy de verdad, ahora que—

-Mari, por favor.

Mi hermana dejó a sus dos hijos y a su esposo hace un mes. Los botó de la casa. Poco después, un miércoles en la noche, la tuvimos que llevar al hospital. El doctor denominó el episodio como un ataque de angustia por estrés laboral; mi mamá lloraba, llena de culpa—porque entre una y otra pastilla, medio sentada y medio echada en el pequeño cuarto la clínica, mi hermana le confesó que cada vez que iba a China se quedaba en el apartamento, o más bien, en la cama, de un colega de Meridianity, una de las empresas con las que trabaja el banco de Mari. Es alto, colombiano, y se llama Juan Cristóbal Suarez. Lo vi en Facebook. Ahora Mari está embarazada, y parece que es de él. Y yo sigo actuando en telenovelas.

- Carlos, ¡tienes que dejar de juzgarme!

- ¿Qué?

- Y Renato, tú, tú…

- ¿Yo qué?  

Yo nunca.

- Tú siempre así calladito medio mosco muerto, cuando sabes que las cosas son como son y que no las puedes seguir evitando. Sí flaco, tu hermana mayor la cagó un poco, y ya, va a haber conflicto, ¿ya? Hay gente que la caga peor. En todas partes hay conflicto, siempre va a haber. Pero estoy diciéndoles que los perdono, que, a pesar de todo, de todo eso que me hicieron vivir ustedes dos, o que les hicieron que me hicieran vivir, si quieren ponerlo así, puta, entre toda la otra gente que me hizo vivir cosas, a ustedes dos, hoy, los perdono. Sí pues, así, todas esas noches que me trasnoché por ustedes para que hicieran sus tareas mientras que mi mamá lloraba con su vodka, todas las mañanas que los llevaba agarraditos de la mano al colegio en vez de ir con mis amigas en el bus, todos los viernes que no salí, y me quedé a subir el volumen de las películas y a comer canchita y chocolates con ustedes para encubrir las peleas de mis papás. La vez esa en que después de ver conmigo como por décima Juego de gemelas, después de que yo les preparara galletas y los dejara jugando espadas con tenedores en la cocina y me fuera a dormir, y ustedes entraron a mi cuarto y me cortaron un mechón de pelo, ¡un mechón entero de pelo! ¿qué estaban pensando?, de verdad, ¿a qué tipo de persona se le ocurre eso, a qué tipo, ah? ¡por favor! Y ese fin de semana que salimos a la playa, ¿se acuerdan? Y que estaba Yeremy en la sombrilla del costado y que se acercó todo tímido y esa tarde ustedes me convencieron que le agarrara la mano y ahí empezó todo, todo, yo ni siquiera estaba convencida pero igual lo hice para complacerlos, todo hasta mi propia familia, mi novio que se convirtió en mi esposo que se convirtió en una tragedia y mis hijosy seguir en el banco de lunes a viernes, lavar la ropa los jueves, barrer e ir al banco, volver del banco y llamar a Renato, ir al banco y escribir un correo averiguando dónde dan clases de yoga en Lima porque Carlos va a regresar a terminar aquí el doctorado y resulta que ahora es un economista medio hippie y quiere hacer yoga, volver a mi casa a cocinar, llamar a mi papá para que no se olvide del almuerzo del domingo, ir al banco y volver y comprar los alfajores para el domingo, todo o casi todo por ustedes dos, para que se sintieran bien, para que me vieran como ejemplo, la hermana mayor, la figura materna, de chiquitos mi mamá gastando en vodka y cigarros y horóscopos mientras yo empezaba a trabajar en el banco y me volvía adulta antes de tiempo, y ahora mi futuro que por fin ahora es mío, que sepan que es mío ahora, ¿entienden? ¿ah? ¿saben qué? A ella también la perdono, ahora no solo la perdono sino que la entiendo, seguro son ustedes los que no entienden porque no tienen hijos pero ya verán algún día, ya verán, carajo, lo que es ser mamá, ya verán lo que es no poder bañarse sola, diez minutos de una buena ducha sola, ni una sola noche, lo que es no poder ir al cine, ni ver un puto episodio de la telenovela en la que sale tu hermano menor porque la nené quiere ir al baño o al parque o a jugar con fulanita que siempre tiene un juguete mejor que el de ella y solo les digo—ya. Ya. Nada. Solo sepan que los perdono, nada más. Los perdono y ya.

Carlos la está intentando mirar a los ojos, ella le habla a una entidad invisible sobre nuestras cabezas, y yo miro a Carlos, buscando quien sabe que. Su celular vibra sobre la mesa un par de veces más, y luego hay un breve silencio que se rompe con un brindis de la pareja de la mesa de al lado.

Mi hermana sonríe, y rompe en llanto. El kimono se le ha movido un poco hacia la derecha, y se le ve la marca de nacimiento del hombro, que ahora tiembla. Nota que la estoy mirando, se vuelve a acomodar la manga, vuelve a poner las manos sobre su vientre, y creo que más que blanco, el kimono es beige. En verdad no le queda tan mal. Desde lo del hospital, Mari ya no usa maquillaje, así que lo único que le pasa a su cara cuando llora es que se pone un poco más roja.

- Creí que nos ibas a hablar sobre plata.

No sé qué más decir. Carlos agarra su celular, se lo mete al bolsillo, se levanta de la mesa. Yo ni lo quiero mirar. Empiezo a comerme la uña del índice derecho, la única a la que le queda un poco de uña. Mari llora tanto que no puede hablar. La pareja del costado ya no conversa, un mesonero nos mira desde la barra. Si ahora Carlos se va no sé cómo me voy a ir a mi casa, porque seguro Mari se va a ir a la suya a hablar por Skype con su colombiano y yo no tengo para un taxi, y si Carlos no me lleva no me da para el cine de mañana, menos para invitar a Natalia después a una cerveza, o algo. Mari me mira a través de sus lágrimas.

-No, Renatito, esta vez no.

Renatito. Carlos ya no está.

- Oye, Mari.

- Dime.

- Todo va a estar bien.

Me agarra la mano, y yo la acaricio mientras pienso ahora quién va a pagar la cena, si yo contaba con Carlos. Nos quedamos así un tiempo. Solo nos quedamos así.

-¡Oigan, broders! Yo también los perdono.

Es Carlos, de regreso, con un plato de papas fritas, kétchup y mayonesa.

Le suelto la mano a Mari, Carlos pone el plato en el medio. Mari es la primera en reírse, después yo, la pareja del costado nos mira y Carlos coge una papa y la levanta como un trofeo y él también se ríe, los tres nos cagamos de risa, cada vez más fuerte, más suaves, y comenzamos a comer.

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Claudia Paredes Guinand was born in Arlington, Virginia. She lived in Venezuela and Perú until she settled in Barcelona to study Socio-Cultural Anthropology.  She is currently a PhD student in la Universidad Pompeu Fabra. She still isn’t fond of cats, hasn’t gone to the jungle for a while, loves Frida Kahlo (the myth), Raymond Carver’s “Intimacy,” “Tonada de luna llena” (the song) and squirrels. Currently, she is writting a collection of short stories about failure.